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O Infante
Deus quer, o homen sonha, a obra nasce.
Deus quis que a terra fosse toda uma,
Que o mar unisse, já não separasse.
Sagrou-te, e foste deventando a espuma,

E a orla branca foi de ilha em continente,
Clareou, correndo, até ao fim do mundo,
E viu-se a terra inteira, de repente,
Surgir, redonda, do azul profundo.

Quem te sagrou criou-te português
Do mar e nós em ti nos deu sinal.
Cumpriu-se o Mar, e o Império se desfez.
Senhor, falta cumprir-se Portugal!

El Infante
Dios quiere, el hombre sueña, la obra nace.
Dios quiso que la tierra fuese toda una,
que el mar uniese, ya no separase.
te consagró, y fuiste desvelando la espuma,

y la orla blanca fue de isla en continente,
clareó, corriendo, hasta el fin del mundo,
y vióse la tierra entera, de repente,
surgir, redonda, del azul profundo.

Quien te consagró te creó portugués.
Del mar y de nosotros en ti nos dio señal.
Cumplióse el Mar, y el Imperio se deshizo.
¿Señor, falta por cumplirse Portugal!


Al individuo con sus correas ásperas
con su boca tapiada
con su triste inmunidad
aléjalo de mí.

Hemos nacido para soles más limpios.

Y no dejes de escribir
tu fiebre por las paredes.

Jorge Riechmann

Juan Gelman

Habítame, penétrame.
Sea tu sangre una con mi sangre.
Tu boca entre a mi boca.
Tu corazón agrande el mío hasta estallar.
Caigas entera en mis entrañas.
Anden tus manos en mis manos.
Tus pies caminen en mis pies, tus pies.
Árdeme, árdeme.
Cólmeme tu dulzura.
Báñame tu saliva el paladar.
Estés en mí como está la madera en el palito.
Que ya no puedo así, con esta sed

Con esta sed quemándome.

La soledad, sus cuervos, sus perros, sus pedazos.

Una mujer y un hombre
Juan Gelman

Una mujer y un hombre llevados por la vida,
una mujer y un hombre cara a cara
habitan en la noche, desbordan por sus manos,
se oyen subir libres en la sombra,
sus cabezas descansan en una bella infancia
que ellos crearon juntos, plena de sol, de luz,
una mujer y un hombre atados por sus labios
llenan la noche lenta con toda su memoria,
una mujer y un hombre más bellos en el otro
ocupan su lugar en la tierra.


no quiero más de muerte
no quiero más de dolor o sombras basta
mi corazón es espléndido como una palabra

mi corazón se ha vuelto bello como el sol
que sale vuela canta mi corazón
es de temprano un pajarito
y después es tu nombre

tu nombre sube todas las mañanas
calienta el mundo y se pone
solo en mi corazón
sol en mi corazón

This poem is transcribed in pure Lancashire dialect.


By David Holmes, of Preston.

When t'lectric leet cum to Waarton
it was a gradely seet
Mi grandfather wer' that tekken wi' id
Id wer' torned on an' off aw neet

'e codn't get o'oer t'lamp lit itsell
Wi' no wick ta torn up at aw
Tha bod 'ed ta gerrup an' puw on t'switch
An' it wer' dayleet fray waw ta waw

"Sithabod i" 'e said when t'leet cum on
"Tha con see weer t'skirtins damp"
"Yon lamp-oil fella 'll bi baht wark"
"How wiz getten t'lectric lamp"

'e wer' an aw, wer' owd Tom Eayves
Bottom dropped aewt a t' th'oil
'e thowt a sellin' rubbin' stooans
Er gooin' back ta t'soil

Bud it warn't sa bad after aw
'e fon whad aw t'fooalk neyd
An' changed ta undertekkin
An dud that till 'e deed

Thad 'lectric changed a alot a things
Put up wi', 'till then
tha cud see ta sew an read an aw
An' dudn't 'ev ta sken

Owd granfather wod o' 'ed a fit
If 'e see aewr 'newse taday
Wi' wirelesses an t'telly
I, t'lectric's cum ta stay.

Across the universe

Words are flying out like
endless rain into a paper cup
They slither while they pass
They slip away across the universe
Pools of sorrow waves of joy
are drifting thorough my open mind
Possessing and caressing me

Jai guru deva om
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world

Images of broken light which
dance before me like a million eyes
That call me on and on across the universe
Thoughts meander like a
restless wind inside a letter box
they tumble blindly as
they make their way across the universe

Jai guru deva om
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world

Sounds of laughter shades of life
are ringing through my open ears
inciting and inviting me
Limitless undying love which
shines around me like a million suns
It calls me on and on across the universe

Jai guru deva om
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Jai guru deva
Jai guru deva

I Am Vertical

But I would rather be horizontal.
I am not a tree with my root in the soil
Sucking up minerals and motherly love
So that each March I may gleam into leaf,
Nor am I the beauty of a garden bed
Attracting my share of Ahs and spectacularly painted,
Unknowing I must soon unpetal.
Compared with me, a tree is immortal
And a flower-head not tall, but more startling,
And I want the one's longevity and the other's daring.

Tonight, in the infinitesimallight of the stars,
The trees and the flowers have been strewing their cool odors.
I walk among them, but none of them are noticing.
Sometimes I think that when I am sleeping
I must most perfectly resemble them--
Thoughts gone dim.
It is more natural to me, lying down.
Then the sky and I are in open conversation,
And I shall be useful when I lie down finally:
Then the trees may touch me for once, and the flowers have time for me.

Soy vertical

Pero preferiría ser horizontal.
No soy un árbol con raíces en el suelo,
que sorba minerales y amor maternal,
para que al llegar marzo sus hojas resplandezcan;
ni encarno la belleza de un jardín,
que atraiga exclamaciones y mueva a que lo pinten,
sin saber que muy pronto sus pétalos caerán.

Comparado conmigo, es inmortal el árbol.
Y una corola, no muy alta, pero más sorprendente,
y de uno anhelo la longevidad, y de la otra la audacia.

Esta noche, a la luz infinitesimal de las estrellas,
las flores y los árboles han estado esparciendo su refrescante aroma.
Yo camino entre ellos, pero ninguno se da cuenta.
A veces pienso en eso cuando duermo,
tengo que parecérmeles lo más posible:
pensamientos que se han ido empañando.
Yo, que estoy acostada, lo siento como algo natural.
Así es que el cielo y yo tenemos nuestras charlas,
y he de ser útil cuando yazca al fin:
por una vez, entonces, me tocarán los árboles, y tendrán tiempo para mí las flores.

translated by Ezequiel Zaidenwerg

Lady Lazarus

I have done it again.
One year in every ten
I manage it-----

A sort of walking miracle, my skin
Bright as a Nazi lampshade,
My right foot

A paperweight,
My featureless, fine
Jew linen.

Peel off the napkin
O my enemy.
Do I terrify?-------

The nose, the eye pits, the full set of teeth?
The sour breath
Will vanish in a day.

Soon, soon the flesh
The grave cave ate will be
At home on me

And I a smiling woman.
I am only thirty.
And like the cat I have nine times to die.

This is Number Three.
What a trash
To annihilate each decade.

What a million filaments.
The Peanut-crunching crowd
Shoves in to see

Them unwrap me hand in foot ------
The big strip tease.
Gentleman , ladies

These are my hands
My knees.
I may be skin and bone,

Nevertheless, I am the same, identical woman.
The first time it happened I was ten.
It was an accident.

The second time I meant
To last it out and not come back at all.
I rocked shut

As a seashell.
They had to call and call
And pick the worms off me like sticky pearls.

Is an art, like everything else.
I do it exceptionally well.

I do it so it feels like hell.
I do it so it feels real.
I guess you could say I've a call.

It's easy enough to do it in a cell.
It's easy enough to do it and stay put.
It's the theatrical

Comeback in broad day
To the same place, the same face, the same brute
Amused shout:

'A miracle!'
That knocks me out.
There is a charge

For the eyeing my scars, there is a charge
For the hearing of my heart---
It really goes.

And there is a charge, a very large charge
For a word or a touch
Or a bit of blood

Or a piece of my hair on my clothes.
So, so, Herr Doktor.
So, Herr Enemy.

I am your opus,
I am your valuable,
The pure gold baby

That melts to a shriek.
I turn and burn.
Do not think I underestimate your great concern.

Ash, ash---
You poke and stir.
Flesh, bone, there is nothing there----

A cake of soap,
A wedding ring,
A gold filling.

Herr God, Herr Lucifer

Out of the ash
I rise with my red hair
And I eat men like air.

¿Cuánta tierra necesita un hombre?
León Tolstoi

Érase una vez un campesino llamado Pahom, que había trabajado dura y honestamente para su familia, pero que no tenía tierras propias, así que siempre permanecía en la pobreza. "Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra -pensaba a menudo- los campesinos siempre debemos morir como vivimos, sin nada propio. Las cosas serían diferentes si tuviéramos nuestra propia tierra."

Ahora bien, cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, una pequeña terrateniente, que poseía una finca de ciento cincuenta hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que esta dama iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría veinticinco hectáreas y que la dama había consentido en aceptar la mitad en efectivo y esperar un año por la otra mitad.

"Qué te parece -pensó Pahom- Esa tierra se vende, y yo no obtendré nada."

Así que decidió hablar con su esposa.

-Otras personas están comprando, y nosotros también debemos comprar unas diez hectáreas. La vida se vuelve imposible sin poseer tierras propias.

Se pusieron a pensar y calcularon cuánto podrían comprar. Tenían ahorrados cien rublos. Vendieron un potrillo y la mitad de sus abejas; contrataron a uno de sus hijos como peón y pidieron anticipos sobre la paga. Pidieron prestado el resto a un cuñado, y así juntaron la mitad del dinero de la compra. Después de eso, Pahom escogió una parcela de veinte hectáreas, donde había bosques, fue a ver a la dama e hizo la compra.

Así que ahora Pahom tenía su propia tierra. Pidió semilla prestada, y la sembró, y obtuvo una buena cosecha. Al cabo de un año había logrado saldar sus deudas con la dama y su cuñado. Así se convirtió en terrateniente, y talaba sus propios árboles, y alimentaba su ganado en sus propios pastos. Cuando salía a arar los campos, o a mirar sus mieses o sus prados, el corazón se le llenaba de alegría. La hierba que crecía allí y las flores que florecían allí le parecían diferentes de las de otras partes. Antes, cuando cruzaba esa tierra, le parecía igual a cualquier otra, pero ahora le parecía muy distinta.

Un día Pahom estaba sentado en su casa cuando un viajero se detuvo ante su casa. Pahom le preguntó de dónde venía, y el forastero respondió que venía de allende el Volga, donde había estado trabajando. Una palabra llevó a la otra, y el hombre comentó que había muchas tierras en venta por allá, y que muchos estaban viajando para comprarlas. Las tierras eran tan fértiles, aseguró, que el centeno era alto como un caballo, y tan tupido que cinco cortes de guadaña formaban una avilla. Comentó que un campesino había trabajado sólo con sus manos, y ahora tenía seis caballos y dos vacas.

El corazón de Pahom se colmó de anhelo.

"¿Por qué he de sufrir en este agujero -pensó- si se vive tan bien en otras partes? Venderé mi tierra y mi finca, y con el dinero comenzaré allá de nuevo y tendré todo nuevo".

Pahom vendió su tierra, su casa y su ganado, con buenas ganancias, y se mudó con su familia a su nueva propiedad. Todo lo que había dicho el campesino era cierto, y Pahom estaba en mucha mejor posición que antes. Compró muchas tierras arables y pasturas, y pudo tener las cabezas de ganado que deseaba.

Al principio, en el ajetreo de la mudanza y la construcción, Pahom se sentía complacido, pero cuando se habituó comenzó a pensar que tampoco aquí estaba satisfecho. Quería sembrar más trigo, pero no tenía tierras suficientes para ello, así que arrendó más tierras por tres años. Fueron buenas temporadas y hubo buenas cosechas, así que Pahom ahorró dinero. Podría haber seguido viviendo cómodamente, pero se cansó de arrendar tierras ajenas todos los años, y de sufrir privaciones para ahorrar el dinero.

"Si todas estas tierras fueran mías -pensó-, sería independiente y no sufriría estas incomodidades."

Un día un vendedor de bienes raíces que pasaba le comentó que acababa de regresar de la lejana tierra de los bashkirs, donde había comprado seiscientas hectáreas por sólo mil rublos.

-Sólo debes hacerte amigo de los jefes -dijo- Yo regalé como cien rublos en vestidos y alfombras, además de una caja de té, y di vino a quienes lo bebían, y obtuve la tierra por una bicoca.

"Vaya -pensó Pahom-, allá puedo tener diez veces más tierras de las que poseo. Debo probar suerte."

Pahom encomendó a su familia el cuidado de la finca y emprendió el viaje, llevando consigo a su criado. Pararon en una ciudad y compraron una caja de té, vino y otros regalos, como el vendedor les había aconsejado. Continuaron viaje hasta recorrer más de quinientos kilómetros, y el séptimo día llegaron a un lugar donde los bashkirs habían instalado sus tiendas.

En cuanto vieron a Pahom, salieron de las tiendas y se reunieron en torno al visitante. Le dieron té y kurniss, y sacrificaron una oveja y le dieron de comer. Pahom sacó presentes de su carromato y los distribuyó, y les dijo que venía en busca de tierras. Los bashkirs parecieron muy satisfechos y le dijeron que debía hablar con el jefe. Lo mandaron a buscar y le explicaron a qué había ido Pahom.

El jefe escuchó un rato, pidió silencio con un gesto y le dijo a Pahom:

-De acuerdo. Escoge la tierra que te plazca. Tenemos tierras en abundancia.

-¿Y cuál será el precio? -preguntó Pahom.

-Nuestro precio es siempre el mismo: mil rublos por día.

Pahom no comprendió.

-¿Un día? ¿Qué medida es ésa? ¿Cuántas hectáreas son?

-No sabemos calcularlo -dijo el jefe-. La vendemos por día. Todo lo que puedas recorrer a pie en un día es tuyo, y el precio es mil rublos por día.

Pahom quedó sorprendido.

-Pero en un día se puede recorrer una vasta extensión de tierra -dijo.

El jefe se echó a reír.

-¡Será toda tuya! Pero con una condición. Si no regresas el mismo día al lugar donde comenzaste, pierdes el dinero.

-¿Pero cómo debo señalar el camino que he seguido?

-Iremos a cualquier lugar que gustes, y nos quedaremos allí. Puedes comenzar desde ese sitio y emprender tu viaje, llevando una azada contigo. Donde lo consideres necesario, deja una marca. En cada giro, cava un pozo y apila la tierra; luego iremos con un arado de pozo en pozo. Puedes hacer el recorrido que desees, pero antes que se ponga el sol debes regresar al sitio de donde partiste. Toda la tierra que cubras será tuya.

Pahom estaba alborozado. Decidió comenzar por la mañana. Charlaron, bebieron más kurniss, comieron más oveja y bebieron más té, y así llegó la noche. Le dieron a Pahom una cama de edredón, y los bashkirs se dispersaron, prometiendo reunirse a la mañana siguiente al romper el alba y viajar al punto convenido antes del amanecer.

Pahom se quedó acostado, pero no pudo dormirse. No dejaba de pensar en su tierra.

"¡Qué gran extensión marcaré! -pensó-. Puedo andar fácilmente cincuenta kilómetros por día. Los días ahora son largos, y un recorrido de cincuenta kilómetros representará gran cantidad de tierra. Venderé las tierras más áridas, o las dejaré a los campesinos, pero yo escogeré la mejor y la trabajaré. Compraré dos yuntas de bueyes y contrataré dos peones más. Unas noventa hectáreas destinaré a la siembra y en el resto criaré ganado."

Por la puerta abierta vio que estaba rompiendo el alba.

-Es hora de despertarlos -se dijo-. Debemos ponernos en marcha.

Se levantó, despertó al criado (que dormía en el carromato), le ordenó uncir los caballos y fue a despertar a los bashkirs.

-Es hora de ir a la estepa para medir las tierras -dijo.

Los bashkirs se levantaron y se reunieron, y también acudió el jefe. Se pusieron a beber más kurniss, y ofrecieron a Pahom un poco de té, pero él no quería esperar.

-Si hemos de ir, vayamos de una vez. Ya es hora.

Los bashkirs se prepararon y todos se pusieron en marcha, algunos a caballo, otros en carros. Pahom iba en su carromato con el criado, y llevaba una azada. Cuando llegaron a la estepa, el cielo de la mañana estaba rojo. Subieron una loma y, apeándose de carros y caballos, se reunieron en un sitio. El jefe se acercó a Pahom y extendió el brazo hacia la planicie.

-Todo esto, hasta donde llega la mirada, es nuestro. Puedes tomar lo que gustes.

A Pahom le relucieron los ojos, pues era toda tierra virgen, chata como la palma de la mano y negra como semilla de amapola, y en las hondonadas crecían altos pastizales.

El jefe se quitó la gorra de piel de zorro, la apoyó en el suelo y dijo:

-Ésta será la marca. Empieza aquí y regresa aquí. Toda la tierra que rodees será tuya.

Pahom sacó el dinero y lo puso en la gorra. Luego se quitó el abrigo, quedándose con su chaquetón sin mangas. Se aflojó el cinturón y lo sujetó con fuerza bajo el vientre, se puso un costal de pan en el pecho del jubón y, atando una botella de agua al cinturón, se subió la caña de las botas, empuñó la azada y se dispuso a partir. Tardó un instante en decidir el rumbo. Todas las direcciones eran tentadoras.

-No importa -dijo al fin-. Iré hacia el sol naciente.

Se volvió hacia el este, se desperezó y aguardó a que el sol asomara sobre el horizonte.

"No debo perder tiempo -pensó-, pues es más fácil caminar mientras todavía está fresco."

Los rayos del sol no acababan de chispear sobre el horizonte cuando Pahom, azada al hombro, se internó en la estepa.

Pahom caminaba a paso moderado. Tras avanzar mil metros se detuvo, cavó un pozo y apiló terrones de hierba para hacerlo más visible. Luego continuó, y ahora que había vencido el entumecimiento apuró el paso. Al cabo de un rato cavó otro pozo.

Miró hacia atrás. La loma se veía claramente a la luz del sol, con la gente encima, y las relucientes llantas de las ruedas del carromato. Pahom calculó que había caminado cinco kilómetros. Estaba más cálido; se quitó el chaquetón, se lo echó al hombro y continuó la marcha. Ahora hacía más calor; miró el sol; era hora de pensar en el desayuno.

-He recorrido el primer tramo, pero hay cuatro en un día, y todavía es demasiado pronto para virar. Pero me quitaré las botas -se dijo.

Se sentó, se quitó las botas, se las metió en el cinturón y reanudó la marcha. Ahora caminaba con soltura.

"Seguiré otros cinco kilómetros -pensó-, y luego giraré a la izquierda. Este lugar es tan promisorio que sería una pena perderlo. Cuanto más avanzo, mejor parece la tierra."

Siguió derecho por un tiempo, y cuando miró en torno, la loma era apenas visible y las personas parecían hormigas, y apenas se veía un destello bajo el sol.

"Ah -pensó Pahom-, he avanzado bastante en esta dirección, es hora de girar. Además estoy sudando, y muy sediento."

Se detuvo, cavó un gran pozo y apiló hierba. Bebió un sorbo de agua y giró a la izquierda. Continuó la marcha, y la hierba era alta, y hacía mucho calor.

Pahom comenzó a cansarse. Miró el sol y vio que era mediodía.

"Bien -pensó-, debo descansar."

Se sentó, comió pan y bebió agua, pero no se acostó, temiendo quedarse dormido. Después de estar un rato sentado, siguió andando. Al principio caminaba sin dificultad, y sentía sueño, pero continuó, pensando: "Una hora de sufrimiento, una vida para disfrutarlo".

Avanzó un largo trecho en esa dirección, y ya iba a girar de nuevo a la izquierda cuando vio un fecundo valle. "Sería una pena excluir ese terreno -pensó-. El lino crecería bien aquí.". Así que rodeó el valle y cavó un pozo del otro lado antes de girar. Pahom miró hacia la loma. El aire estaba brumoso y trémulo con el calor, y a través de la bruma apenas se veía a la gente de la loma.

"¡Ah! -pensó Pahom-. Los lados son demasiado largos. Este debe ser más corto." Y siguió a lo largo del tercer lado, apurando el paso. Miró el sol. Estaba a mitad de camino del horizonte, y Pahom aún no había recorrido tres kilómetros del tercer lado del cuadrado. Aún estaba a quince kilómetros de su meta.

"No -pensó-, aunque mis tierras queden irregulares, ahora debo volver en línea recta. Podría alejarme demasiado, y ya tengo gran cantidad de tierra.".

Pahom cavó un pozo de prisa.

Echó a andar hacia la loma, pero con dificultad. Estaba agotado por el calor, tenía cortes y magulladuras en los pies descalzos, le flaqueaban las piernas. Ansiaba descansar, pero era imposible si deseaba llegar antes del poniente. El sol no espera a nadie, y se hundía cada vez más.

"Cielos -pensó-, si no hubiera cometido el error de querer demasiado. ¿Qué pasará si llego tarde?"

Miró hacia la loma y hacia el sol. Aún estaba lejos de su meta, y el sol se aproximaba al horizonte.

Pahom siguió caminando, con mucha dificultad, pero cada vez más rápido. Apuró el paso, pero todavía estaba lejos del lugar. Echó a correr, arrojó la chaqueta, las botas, la botella y la gorra, y conservó sólo la azada que usaba como bastón.

"Ay de mí. He deseado mucho, y lo eché todo a perder. Tengo que llegar antes de que se ponga el sol."

El temor le quitaba el aliento. Pahom siguió corriendo, y la camisa y los pantalones empapados se le pegaban a la piel, y tenía la boca reseca. Su pecho jadeaba como un fuelle, su corazón batía como un martillo, sus piernas cedían como si no le pertenecieran. Pahom estaba abrumado por el terror de morir de agotamiento.

Aunque temía la muerte, no podía detenerse. "Después que he corrido tanto, me considerarán un tonto si me detengo ahora", pensó. Y siguió corriendo, y al acercarse oyó que los bashkirs gritaban y aullaban, y esos gritos le inflamaron aún más el corazón. Juntó sus últimas fuerzas y siguió corriendo.

El hinchado y brumoso sol casi rozaba el horizonte, rojo como la sangre. Estaba muy bajo, pero Pahom estaba muy cerca de su meta. Podía ver a la gente de la loma, agitando los brazos para que se diera prisa. Veía la gorra de piel de zorro en el suelo, y el dinero, y al jefe sentado en el suelo, riendo a carcajadas.

"Hay tierras en abundancia -pensó-, ¿pero me dejará Dios vivir en ellas? ¡He perdido la vida, he perdido la vida! ¡Nunca llegaré a ese lugar!"

Pahom miró el sol, que ya desaparecía, ya era devorado. Con el resto de sus fuerzas apuró el paso, encorvando el cuerpo de tal modo que sus piernas apenas podían sostenerlo. Cuando llegó a la loma, de pronto oscureció. Miró el cielo. ¡El sol se había puesto! Pahom dio un alarido.

"Todo mi esfuerzo ha sido en vano", pensó, y ya iba a detenerse, pero oyó que los bashkirs aún gritaban, y recordó que aunque para él, desde abajo, parecía que el sol se había puesto, desde la loma aún podían verlo. Aspiró una buena bocanada de aire y corrió cuesta arriba. Allí aún había luz. Llegó a la cima y vio la gorra. Delante de ella el jefe se reía a carcajadas. Pahom soltó un grito. Se le aflojaron las piernas, cayó de bruces y tomó la gorra con las manos.

-¡Vaya, qué sujeto tan admirable! -exclamó el jefe-. ¡Ha ganado muchas tierras!

El criado de Pahom se acercó corriendo y trató de levantarlo, pero vio que le salía sangre de la boca. ¡Pahom estaba muerto!

Los pakshirs chasquearon la lengua para demostrar su piedad.

Su criado empuñó la azada y cavó una tumba para Pahom, y allí lo sepultó. Dos metros de la cabeza a los pies era todo lo que necesitaba.

The Diameter of the Bomb
by Yehuda Amichai. trans. Chana Bloch & Stephen Mitchell

The diameter of the bomb was thirty centimeters
and the diameter of its effective range about seven meters,
with four dead and eleven wounded.
And around these, in a larger circle
of pain and time, two hospitals are scattered
and one graveyard. But the young woman
who was buried in the city she came from,
at a distance of more than a hundred kilometers,
enlarges the circle considerably,
and the solitary man mourning her death
at the distant shores of a country far across the sea
includes the entire world in the circle.
And I won't even mention the howl of orphans
that reaches up to the throne of God and
beyond, making
a circle with no end and no God.

El Electrobardo de Trurl.
Stanislaw Lem

A fin de evitar toda clase de reproches y malentendidos, debemos aclarar que fue, al menos en el sentido literal, una expedición a ninguna parte. Trurl no se había movido durante aquel tiempo de su casa, excepto los días pasados en las clínicas y un corto viaje sin importancia a un planetoide. Sin embargo, en el sentido profundo y elevado, fue una de las expediciones más lejanas que el insigne constructor había emprendido, ya que le condujo a los mismos límites de lo posible.
Una vez Trurl construyó una máquina de calcular que resultó ser capaz de una sola operación: multiplicaba únicamente dos por dos, dando, encima, un resultado falso. La máquina era, empero, muy ambiciosa y su disputa con su propio constructor casi termina trágicamente. Desde entonces Clapaucio le amargaba la vida a Trurl con sus pullas y sarcasmos, hasta que éste se enfadó y decidió hacer una máquina que escribiera poemas. A este objeto Trurl reunió ochocientas veinte toneladas de literatura cibernética y doce mil toneladas de poesía, y se puso a estudiar. Cuando ya no podía aguantar más la cibernética, pasaba a la lírica y viceversa. Al cabo de un tiempo se convenció de que la construcción de la máquina era una pura bagatela al lado de su programación. El programa que tiene en la cabeza un poeta corriente está creado por la civilización en cuyo medio ha nacido, la cual, a su vez, ha sido preparada por la que la precedió; esta última, por otra, más temprana todavía, y así, hasta los mismos comienzos del Universo cuando las informaciones relativas al futuro poeta daban vueltas todavía caóticas en el núcleo de la primera nebulosa. Para programar la máquina hacía falta, pues, volver a repetir antes, si no todo el Cosmos desde el principio, por lo menos una buena parte de él. La magnitud de la tarea hubiera hecho renunciar al proyecto a cualquier persona que no fuera Trurl, pero al valiente constructor ni se le ocurrió batirse en retirada. Lo primero que hizo fue inventar una máquina que modelaba el caos y en la cual el espíritu eléctrico sobrevolaba las eléctricas aguas, luego añadió el parámetro de la luz, luego el de las nebulosas, acercándose así, paso a paso, a la primera época glaciar, lo que sólo fue posible gracias a que su máquina modelaba, durante una quintomillardécima fracción de segundo, cien septillones de acontecimientos en cuatrocientos octillones de lugares a la vez; si alguien supone que Trurl se equivocó en alguna cifra, puede comprobar personalmente todos los cálculos. Iba Trurl modelando los inicios de la civilización, el tallado del sílex y el curtido de pieles, saurios y diluvios, el cuadrupedismo y el rabismo; luego hizo al pre-rostro-pálido que dio orígen al rostro-pálido, inventor de la primera máquina, y así se desarrollaba la obra por eones y milenios, en medió del susurro de torbellinos y corrientes eléctricas. Cuando en la máquina modeladora escaseaba espacio para la época siguiente, Trurl le fabricaba un nuevo compartimiento; de esos admíniculos se creó una especie de pueblo con cables y lámparas tan enmarañados que ni el mismo diablo los podía ordenar. Sin embargo, Trurl salía del paso, y sólo dos veces tuvo que repetir lo mismo: una vez, por desgracia, fue obligado a volver casi al principio, porque le salió que Abel mató a Caín y no Caín a Abel (por culpa de un cortocircuito de la línea que se había quemado), la segunda vez bastó con retroceder trescientos millones de años solamente, hasta el mesozoico medio, ya que en vez del primer pez que dio origen al primer saurio que dio origen al primer mamífero que dio origen al primer mono que dio origen al primer rostro-pálido, pasó una cosa incomprensible: salió que en lugar del rostro-pálido le salió a Trurl el postre-cocido. Según parece, una mosca se metió en la máquina, dando un golpe al interruptor operacional superconductor. Fuera de eso, todo iba como una seda. Fueron modelados el medioevo y la antigüedad y los tiempos de las grandes revoluciones, de modo que en ciertos momentos toda la máquina
temblaba y había que rociarla con agua y envolverla en trapos mojados, para que no estallaran las lámparas que modelaban los más importantes progresos de la civilización; esa clase de progreso, sobre todo reproducido con tanta rapidez, por poco destroza todas las piezas delicadas. hacia finales del siglo XX la máquina cogió primero una vibración en diagonal y luego un temblor longitudinal, sin ninguna causa aparente. Trurl se preocupó mucho y hasta preparó una cantidad de cemento y grapas de hierro para salvarla en caso de que se derrumbara. Afortunadamente, no hubo que recurrir a medios tan extremos: tras pasar por el siglo XX la máquina recuperó su marcha normal. Después de esto vinieron las sucesivas civilizaciones, cada una de cincuenta mil anos de duración, de seres perfectamente racionales, antepasados del misino Trurl; bobina tras bobina de procesos históricos modelados caían en un contenedor, y eran tantas que mirando con un catalejo desde lo alto de la colina, no se podían abarcar con la vista todos aquellos montones. ¡Y pensar que todo esto era para fabricar un poetastro cualquiera, por más bueno que fuera! ¡Esos son los resultados del exceso de celo científico! Finalmente los programas quedaron listos; sólo faltaba escoger lo más esencial de ellos, ya que, en caso contrario, el aprendizaje del electropoeta hubiera costado muchos millones de años.
Trurl gastó dos semanas para introducir en su futuro electrovate los programas generales; luego vino la afinación de circuitos lógicos, emocionales y semánticos. Hubiera querido invitar a Clapaucio a la puesta en marcha, pero reflexionó y optó por hacer la primera prueba solo. La máquina pronunció en el acto una conferencia sobre el pulido de prismas cristalográficos para el estudio inicial de pequeñas anomalías magnéticas. Trurl debilitó, pues, los circuitos lógicos y reforzó los emocionales: la máquina reaccionó con un acceso de hipo y luego con otro de llanto, para balbucear finalmente con gran esfuerzo que la vida era horrible. Trurl reforzó la semántica y construyó un adminículo para la voluntad la máquina manifestó que se le debía obedecer en todo y exigió que se le añadieran seis pisos a los nueve de que constaba para poder dedicarse a pensar en el enigma de la existencia. Trurl le instaló un estrangulador filosófico y entonces la máquina no le quiso hablar más y empezó a darle sacudidas con la corriente. Tras grandes súplicas; consiguió que le cantara una corta canción: «tengo una gatita con cola blanquita», pero aquí pareció haberse agotado su repertorio. Trurl se puso a atornillar, estrangular, reforzar, aflojar, regular, hasta ponerla, según creía, en su punto. Entonces la máquina lo obsequió con un poema de tal clase que dio gracias a Dios por haberle inspirado prudencia. ¡Cómo se hubiera reído CIapaucio oyendo aquellas innominables infracoplas, para cuya preparación había sido derrochado el
modelo operativo de la creación del Cosmos y de todas las civilizaciones posibles! Acto seguido, el constructor instaló en el artefacto seis filtros antigrafómanos; le costó trabajo porque se le partían como cerillas. Por fin los hizo de corindón para que aguantaran. Las cosas parecían ir mejor: Trurl aumentó la semántica, conectó el generador de rimas y... por poco le tira una bomba a la máquina cuando ésta le manifestó que deseaba ser misionero entre las tribus estelares indigentes. Sin embargo, en el último momento, cuando ya se preparaba a atacarla con un martillo, tuvo una idea salvadora: arrancó todos los circuitos lógicos y colocó en su sitio unos egocentrizadores autoguiados con acoplamiento narcisista. La máquina osciló, se rió, lloró y dijo que tenía un dolor en el tercer piso, que estaba harta, que la vida era incomprensible y todos los vivos unos villanos, que iba a
morir pronto y que sólo tenía un deseo: que la recordaran cuando ella ya no estuviera aquí. Luego pidió papel para escribir. Trurl respiró, cortó la corriente y se fue a dormir. Al día siguiente visitó a Clapaucio. Este, al oír que se le invitaba a presenciar el arranque del Electrobardo (así decidió Trurl llamar a la máquina), dejó todo su trabajo y acudió corriendo sin cambiarse de ropa, tanta prisa tenía de ser testigo ocular del fracaso de su amigo.
Trurl conectó primero los circuitos de incandescencia, luego dio una corriente débil, subió corriendo unas cuantas veces por la estruendosa escalera de chapas de hierro (el Electrobardo se parecía a un enorme motor naval, rodeado de galerías de acero, recubierto de planchas remachadas, con innúmeros relojes y válvulas), hasta que, enfebrecido, cuidando de que las tensiones anódicas estuvieran en orden, dijo que, para entrar en calor, la máquina empezaría por una pequeña improvisación sin pretensiones. Luego, evidentemente, Clapaucio podría sugerirle temas de poesías a su gusto y voluntad.
Cuando los indicadores de amplificación mostraron que la fuerza lírica llegaba al máximo, Trurl dio la vuelta al interruptor general con una mano apenas temblorosa y, rosa y, casi al instante, la máquina dijo en voz ligeramente ronca, pero llena de encanto:

-Crocotulis patongatovitocarocristofónico.

-¿Esto es todo? -preguntó Clapaucio con una extraordinaria amabilidad al cabo de un largo rato. Trurl apretó los labios, dio a la máquina unos golpes de corriente y volvió a conectar. Esta vez el timbre de la voz era mucho más puro. ¡Qué deleite, aquel barítono grave, matizado de seductoras inflexiones!:

Apentulla norato talsones gordosos
En redeles cuvicla y mata torrijas
Erpidanos mañota y suple vencijas
Y mordientes purlones videa carposos

-¿Qué idioma habla? -pregunto Clapaucio, observando con perfecta calma un cierto pánico que agitaba a Trurl junto al armario de mando. El constructor, haciendo un ademán de desespero, corrió finalmente escalera arriba hacia la cumbre del coloso de acero. se lo veía por escotillas abiertas arrastrándose a cuatro patas en los interiores de la máquina, se oían sus martillazos,
rabiosas palabrotas, ruidos de llaves y destornilladores; salía de un agujero para meterse en otro, iba corriendo de galería en galería, hasta que finalmente dio un grito triunfal, tiró al suelo una lámpara quemada que se estrelló a un paso de los pies de Clapaucio (al que ni siquiera pidió perdón), puso apresuradamente una nueva en su sitio, se limpió las manos con un pañito de polvo y gritó a Clapaucio desde arriba que conectara la máquina. Se dejaron oír entonces las siguientes palabras:

Tres solacias cryentes mondas correaban,
Apelaida secuona mancionitas soma,
Recha pambre y grita, las fondas seaban,
Hasta que regruñente y sin ropa torna.

-¡Esto va mejor! -exclamó Trurl, no muy convencido. Las últimas palabras tenían sentido. ¿Te fijaste?
-Bueno... si esto es todo... -dijo Clapaucio, sin abandonar su extrema urbanidad.
-¡A la porra! -vociferó Trurl y volvió a desaparecer dentro de la máquina, de donde empezaron a llegar golpes y ruidos, chasquidos de descargas y ahogados juramentos del constructor; por fin sacó la cabeza por una pequeña escotilla del tercer piso y gritó: ¡¡Aprieta ahora!!

Clapaucio lo hizo. El Electrobardo tembló desde la base hasta la cumbre y empezó:

Avido de mocina sucia, pangel panchurroso,
fraga las mimositas...

Aquí se interrumpió el poema: Trurl arrancó con rabia un cable, la máquina tuvo un estertor y se quedó muda. Clapaucio reía tanto que tuvo que sentarse en el suelo. Trurl seguía zarandeando los cables y manecillas, de repente hubo un chasquido, una sacudida, y la máquina pronunció en voz pausada y concreta:

Egoísmos, envidias -cosas de bastardo-.
Lo verá el que quiere con Electrobardo
Medirse: un enano. Pero, ¡oh, Clapaucio,
Yo, grandioso poeta, pronto te desahucio!

-¡Vaya! ¡No me digas! ¡Un epigrama! ¡Muy oportuno! -exclamaba Trurl, girando sobre sí mismo cada vez más abajo, ya que estaba bajando a la carrera por una estrecha escalerita de caracol, hasta que, saltando afuera, casi chocó con su colega, que había cesado de reír, un tanto sorprendido.
-Es malísimo -dijo en seguida Clapaucio-. Además, ¡no es él, sino tú!
-Yo, ¿qué?

-Lo has compuesto tú de antemano. Lo reconozco por el primitivismo, la malicia sin vigor y la pobreza de rimas.
-¿Eso crees? ¡Muy bien! ¡Pídele otra cosa! ¡Lo que quieras! ¿Por qué no dices nada? ¿Tienes miedo?
-No tengo ningún miedo. Estoy pensando -contestó Clapaucio, nervioso, esforzándose en encontrar un tema de lo más difícil, ya que suponía, no sin razón, que la discusión acerca de la perfección (o los defectos) del poema compuesto por la máquina sería ardua de zanjar.
-¡Que haga un poema sobre la ciberótica! -dijo de pronto, sonriendo-. Quiero que tenga máximo seis versículos y que se hable en ellos del amor y de la traición, de la música, de altas esferas, de los desengaños, del incesto, todo en rimas, ¡y que todas las palabras empiecen por la letra C!
-¿Por qué no pides de paso que incluya también toda la teoría general de la automática infinita? -chillaba Trurl, fuera de sí-. ¡No se puede poner condiciones tan creti...
La frase quedó sin terminar, porque ya vibraba en la nave el suave barítono:

El ciberotómano Cassio, cruel y cínico,
Cuando condesa Clara cortaba claveles,
Clamó: «¡En mi corazón candente cántico
El cupido te canta a cien centibeles!»
Cándida, le creía.. Cassio casquivano
Camela a la cuñada de cogote cano;

-¿Qué? ¿Qué te parece? -Trurl le miraba con los brazos en jarras, pero Clapaucio ya estaba gritando:
-¡Ahora con la G! ¡Un cuarteto sobre un ser que era al mismo tiempo una máquina pensante e irreflexiva, violenta y cruel, que tenía dieciséis concubinas, alas, cuatro cofres pintados y en cada uno mil rnonedas de oro con el perfil del emperador Murdebrod, dos palacios, y que llenaba su vida con asesinatos y...

Golestano garboso gastaba gonela...

Empezó a recitar la máquina, pero Trurl saltó hacia la consola, pulsó el interruptor y, protegiéndolo con su cuerpo, dijo con voz ahogada:
-¡Se acabaron las bromas tontas! ¡No permitiré que se malogre un gran talento! ¡O encargas poemas decentes, o se levanta la sesión!
-¿Qué pasa? ¿No son versos decentes?... quiso discutir Clapaucio.
-¡No! ¡Son unos rompecabezas, unos trabalenguas! ¡No he construido la máquina para que resolviera crucigramas idiotas! ¡Lo que tú le pides son malabarismos, y no el Gran Arte! Dale un tema serio, aunque sea difícil.
Clapaucio pensó, pensó mucho, hasta que de pronto frunció el ceño y dijo:
-De acuerdo. Que hable del amor y de la muerte pero expresándose en términos de matemáticas superiores, sobre todo los del álgebra de tensores. Puede entrar también la topología superior y el análisis. Que el poema sea fuerte en erótica, incluso atrevido, y que todo pase en las esferas cibernéticas.
-Estás loco. ¿Sobre el amor en el lenguaje matemático? No, verdaderamente, deberías cuidarte -dijo Trurl, pero se calló en seguida: el Electrobardo se puso a recitar:

Un ciberneta joven potencia extremas
Estudiaba, y grupos unimodulares
De Ciberias, en largas tardes estivales,
Sin vivir del Amor grandes teoremas.

¡Huye...!¡Huye, Laplace, que llenas mis días!
¡Tus versores, vectores que sorben mis noches!
¡A mí contraimagen! Los dulces reproches
Oír de mi amante, oh, alma, querías.
Yo temblores, estigmas, leyes simbólicas
Mutaré en contactos y rayos hertzianos,
Todos tan cascadantes, tan archi- rollanos
Que serán nuestras vidas libres y únicas.

¡Oh, clases transfinitas! ¡Oh, cuánta potentes!
¡Continuum infinito! ¡Presistema blanco!
Olvido a Christoffel, a Stokes arranco
De mi ser. sólo quiero tus suaves mordientes.

De escalas plurales abismal esfera
¡Enseña al esclavo de Cuerpos primarios
Contada en gradientes de soles terciarios
Oh, Ciberias altiva, bimodal entera!

Desconoce deleites quien, a esta hora,
En el espacio de Weyl y en el estudio
Topológico de Brouwer no ve el preludio
Al análisis de curvas que Moebius ignora.

¡Tu, de los sentimientos caso comitante!
Cuánto debe amarte, tan solo lo siente
Quien con los parámetros alienta su mente
Y en nanosegundos sufre, delirante.

Como al punto, base de la holometría,
Quitan coordenadas asíntotas cero,
Así el ciberneta, último, postrero
Soplo de vida quita del amor porfía

Aquí terminaron las Justas poéticas: Clapaucio se marchó inmediatamente a casa, diciendo que no tardaría en volver con temas nuevos, pero no apareció más por allí, temiendo dar a Trurl, a pesar suyo, otros motivos de orgullo; aquél, por su parte, contaba que Clapaucio se fugó, incapaz de esconder una violenta conmoción. En respuesta, su amigo afirmaba que desde la fabricación del Electrobardo a Trurl se le subieron demasiado los humos a la cabeza.
Al poco tiempo, la noticia de la existencia del vate eléctrico llegó a los poetas verdaderos, o sea corrientes. Indignados y heridos en lo más profundo de su ser, decidieron ignorar la máquina, pero la curiosidad empujó a unos cuantos a hacer una visita secreta al Electrobardo. Este los recibió amablemente, en la sala llena de hojas escritas, ya que su producción artística no se interrrumpía ni de día ni de noche. Los poetas pertenecían a la vanguardia literaria, en cambio el Electrobardo creaba en el estilo
tradicional, puesto que Trurl, no demasiado ducho en poesía, basó los programas inspiradores en las obras de los clásicos. Los visitantes se rieron, pues, tanto del Electrobardo, que por poco le estallan los cátodos, y se marcharon, triunfantes. Sin embargo, la máquina estaba equipada para la autoprogramación y contaba con un circuito especial de intensificación ambicional con interceptores de seis kiloamperios, así que pronto la situación cambió totalmente. Desde entonces, los poemas eran oscuros,
incomprensibles, turpistas, mágicos y tan conmovedores que nadie comprendía una palabra. De modo que, cuando el siguiente grupo de poetas acudió para reírse de la máquina ésta les asestó una improvisación tan moderna que se les cortó el aliento. El siguiente poema provocó un grave colapso de un autor maduro que tenía dos premios nacionales y una estatua en el parque
muñicipal. Desde aquel día, no hubo poeta que resistiera al suicida antojo de retar al Electrobardo a un torneo literario. Los autores venían de todas partes acarreando sacos y toneles llenos de manuscritos. El Electrobardo dejaba declamar a cada uno lo suyo, cogía al vuelo el algoritmo de aquella poesía y, basándose en él, replicaba con unos versos mantenidos en el mismo espíritu, pero de doscientas veinte a trescientas cuarenta y siete veces mejores.
En corto período de tiempo llegó a tener tanta práctica, que con uno o dos sonetos derribaba al más afamado de los vates. Este fue el aspecto peor de las cosas, ya que resultaba que de esas luchas sallan indemnes sólo los grafómanos que, como todos saben, no son capaces de apreciar la diferencia entre los versos buenos y malos; se marchaban, pues, impunes.
Solamente uno de ellos se rompió una vez una pierna, tropezando en la puerta con un gran poema épico del Electrobardo, completamente nuevo, que empezaba con las siguientes palabras:

¡Oh, noche tenebrosa! ¡Noche de misterios!
Una huella tangible, pero no certera...
Y el viento cálido, y tus ojos serios,
Y los pasos. Los pasos del que desespera.

El Electrobardo diezmaba, en cambio, a los poetas auténticos, indirectamente, por cierto, ya que no les hacía nada malo. No obstante, primero un lírico de edad provecta y luego dos vanguardistas se suicidaron saltando de un alto peñasco que, por un fatal concurso dé circunstancias, se erigía junto al camino entre la casa de Trurl y la estación de ferrocarriles.
Los poetas organizaron inmediatamente varias reuniones de protesta, postulando el cierre y sellado de la máquina, pero, fuera de ellos, nadie se preocupo por los luctuosos incidentes. Bien al contrario, las redacciones de periódicos estaban muy satisfechas, puesto que el Electrobardo, escribiendo bajo miles de seudónimos, siempre tenía listo un poema de dimensión indicada para cada ocasión; su poesía circunstancial tenía tal calidad que los ciudadanos agotaban en unos momentos tirajes enteros: en las calles se velan rostros de expresión embelesada y soñadoras sonrisas, y se oían gentes sollozando quedamente. Todo el mundo conocía los poemas del Electrobardo, el ambiente ciudadano estaba saturado de preciosas rimas, y las naturalezas particularmente sensibles, alcanzadas por una metáfora o una asonancia especialmente lograda, incluso se desmayaban de impresión. El gigante de inspiración estaba preparado para estos trances, produciendo al acto una cantidad correspondiente de sonetos vivificadores.
Al mismo Trurl, su obra le acarreó serios problemas. Los clásicos, en su mayoría ancianos, no le perjudicaron mucho, si no se toma en cuenta las piedras con que le rompían sistemáticamente los vidrios, así como unas ciertas sustancias, imposibles de nombrar aquí, que tiraban sobre las paredes de su casa. Los jóvenes hacían cosas peores. Un poeta de la nueva ola, cuyos versos se distinguían por tanta fuerza lírica como él mismo por la ffsica, le propinó una tremenda paliza. Mientras Trurl recobraba la salud
en el hospital, los incidentes se multiplicaban. No habla día sin un nuevo suicidio o entierro; ante la puerta del hospital se paseaban unos piquetes, incluso se oían tiroteos, ya que muchos poetas, en vez de manuscritos, traían en sus carteras unas pistolas para disparar contra el Electrobardo, a pesar de que las balas no podían nada contra su cuerpo de acero. De vuelta a
casa, Trurl, desesperado y enfermo, tomó una noche la decisión de desmontar con sus propias manos al genio que habla creado.
Sin embargo, cuando se acercó, cojeando un poco, a la máquina, ésta, viendo unas tenazas en su mano y el brillo de desesperación en sus ojos, estalló en un lirismo tan apasionado suplicando gracia, que Trurl, deshecho en lágrimas, tiró las herramientas y salió de allí abriéndose paso a través de la reciente producción del electrogenio, cuya susurrante alfombra cubría
el suelo de la sala a la mitad de la altura de un hombre.
Sin embargo, cuando al mes siguiente vino el recibo de la electricidad consumida por la máquina, Trurl por poco sufre un colapso. Le hubiese gustado consultar el caso con su amigo Clapaucio, pero éste desapareció, como si se lo hubiera tragado la tierra. A falta de quien le aconsejara, una noche Trurl cortó la corriente a la máquina, la desmontó, la cargó en una nave espacial, la desembarcó en un pequeño planetoide donde la volvió a montar, y le dio, como fuente de energía creadora, una pila atómica.
Volvió luego a escondidas a casa, pero la historia no terminó aquí: el Electrobardo, privado de la posibilidad de publicar su obra impresa, empezó a emitiría en todas las longitudes de ondas radiofónicas, sumiendo a las tripulaciones y pasajeros de cohetes en estado de aturdimiento lírico; las personas muy sensibles sufrían incluso graves crisis de embelesamiento, seguidas de accesos de postración. Una vez descubiertas las causas del fenómeno, la jefatura de navegación dirigió a Trurl la orden oficial de liquidar inmediatamente el aparato de su propiedad que perturbaba líricamente el orden público y perjudicaba la salud de sus pasajeros.
Lo único que hizo Trurl fue esconderse. Entonces las autoridades enviaron al planetoide unos técnicos que debían sellar el tubo de escape poético del Electrobardo, pero éste les dejó tan maravillados improvisando dos o tres romances, que se marcharon sin cumplir la tarea. EI alto mando confió aquella misión a unos operarios sordos, lo que tampoco resolvió nada, ya que el Electrobardo les transmitió la información lírica por señas. Así las cosas, la gente empezó a hablar públicamente de la necesidad de una expedición punitiva o de bombardeo, para eliminar al electropoeta. Justo en aquel momento lo adquirió un monarca de un sistema estelar vecino y lo anexionó, junto con el planetoide, a su reino.
Trurl pudo salir por fin de su escondrijo y volver a la vida normal. Bien es verdad que de vez en cuando se veían en el horizonte sur explosiones de estrellas supernovas, como ni los más ancianos recordaban en toda su vida; se rumoreaba con insistencia que el fenómeno tenía algo que ver con la poesía. Según parece, aquel monarca, cediendo a un extraño capricho, ordenó a sus astroingenieros conectar al Electrobardo con una constelación de colosos blancos, y como resultado cada estrofa de poema se transformaba en unas gigantescas protuberancias de los soles, de modo que el mayor poeta del Cosmos transmitía su obra por pulsaciones de fuego a todos los infinitos espacios galácticos a la vez. En una palabra, aquel gran monarca lo convirtió en el motor lírico de un grupo de estrellas en explosión. Aunque hubiera en ello un gramo de verdad, los fenómenos ocurrían demasiado lejos
para quitar el sueño a Trurl. El insigne constructor había jurado por todo lo más sagrado no volver nunca jamás al modelado cibernético de procesos creadores.

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